México

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20 de noviembre de 2009 • 13:20

Janitzio celebra el Día de Muertos

Janitzio, la isla más conocida en el lago de Pátzcuaro, Michoacán, es el mejor lugar para presenciar las ceremonias del Día de los Difuntos.

Isla de Janitizio
Foto: Terra Networks México S.A. de C.V.
 

Esa noche éramos apenas unos cuantos. Con cierta timidez fuimos siguiendo a nuestro guía por un sendero empedrado hasta llegar a un claro del bosque, cubierto de hierba y moteado por un racimo de viviendas de adobe con techo de tejas. Había anochecido en esa víspera de difuntos, y ahí estábamos en Janitzio, frente al lago de Pátzcuaro, en Michoacán, para presenciar la forma en que los tarascos veneran a sus muertos.

Yo, por mi parte, me sentía como un entrometido. Sin duda se trataba de una reunión de la mayor intimidad, en la que los fuereños sólo podían ser unos intrusos.

Pero no. Doña María nos hizo entrar como huéspedes bienvenidos en Janitzio.

Matriarca de una extensa familia, nos llevó a la casa de mayor tamaño en un complejo de edificios de una sola habitación. Habían despejado la pieza arrimando a las paredes las camas de tablas, y encima de un tosco armario de madera había un televisor último modelo con sonido estereofónico.

En el centro de la estancia se encontraba una mesa de comedor, cuidadosamente servida con tazones de sopa y casi oculta por el altar con aspecto de lápida funeraria levantado encima de la misma mesa para el espíritu que vendría a cenar esa noche.

De un marco trenzado con brillantes caléndulas anaranjadas colgaban unos elotes morados y unas sencillas barras de pan horneado en casa. Debajo había unas calabazas, calaveras de azúcar, refrescos y una linterna hecha de una calabaza hueca.



"Lo que ven aquí es una amalgama de numerosas costumbres y tradiciones, de lo prehispánico en adelante," susurró nuestro guía, tal vez incómodo por esta versión de Halloween.

Doña María y su clan estaban recordando a Memo, que apenas tenía 20 años cuando lo atropelló un autobús cerca del pueblo unos meses antes.

"Ponemos a la vista lo que más le gustaba, sus manjares preferidos," comentó doña María en voz baja. Había unas botellas de Coca cola alrededor de una jarra de tequila, pero doña María no las mencionó.

Afuera las mujeres de la familia rondaban junto a la puerta.

Esta noche habían estado cepillando sus amplias faldas negras de lana hilada a mano y planchando los manteles bordados sobre los que extenderían una merienda para visitantes del otro mundo.

Nadie se mostró ofendido por nuestra indiscreta curiosidad. Todo lo contrario: se veían orgullosos de exhibir el altar que le habían levantado a Memo. Era ciertamente una obra de arte, una producción casera de casi un metro de altura, una deslumbrante muestra de artesanía merecedora de ser vista.

Además, doña María se ganaba unos honorarios por nuestra visita.

Al amanecer del día siguiente regresaríamos para acompañar a otra familia aldeana mientras terminaban su altar y lo llevaban al cementerio.

Pero primero, frente a su humilde hogar, tomaríamos un desayuno de pescado y café, amenizado por melodías rancheras tocadas por el cuarteto de cuerdas del lugar.

Todos obtenían provecho de nuestra visita. Ninguno de nosotros tuvo inconveniente.

"De este modo, los turistas logran conocer realmente a la gente que vinieron a ver," explicó nuestro guía de nombre Lalo, un joven serio, esbelto, podría decirse que de aspecto intelectual.

Al echar una mirada por el poblado que se extendía a orillas del lago con unas cuantas cabañas de adobe desparramadas y sin nada parecido a una calle, hice notar con cuánta facilidad olvidamos la existencia de gente que vive así.

"En realidad", señaló Lalo, "así es como vive la mayor parte de la gente. No sólo aquí en México, sino en el mundo entero".

Esto se olvida fácilmente en Polanco, en las Lomas y en la Colonia del Valle.



El regreso de los fantasmas hambrientos en el Día de los Difuntos se ha convertido en una de las fiestas más conocidas del país. A lo largo y a lo ancho de la República, familias enteras se dirigen con premura a los cementerios para limpiar las tumbas donde reposan sus seres queridos.

Después ponen a la vista sus platos preferidos y en muchos casos se quedan con ellos toda la noche.

En Michoacán, tierra de los tarascos, son especialmente impresionantes las celebraciones. Los tarascos jamás fueron dominados por los aztecas, y los conquistadores españoles también los abandonaron en gran medida a sus propios recursos, gracias a que las colinas de los alrededores no encierran oro ni plata. Todavía se observan las costumbres antiguas.

En los panteones tarascos la diferencia está en los altares, y cada familia trata calladamente de superar en esplendor a las demás. Janitzio, la isla más grande del lago de Pátzcuaro, se ha vuelto famosa por la tranquila hermosura que irradian sus noches a la luz de las velas cuando regresan los espíritus.



Las calles están abarrotadas por un gentío que se arremolina en busca de algo qué comprar y qué comer y qué seguir comprando. Los restaurantes están rebosantes de clientes. Las barcas que se dirigen a la isla y las que regresan están llenas a reventar, y todavía lo estarían más si no fuera porque está prohibido ir a pie. Es noche de suéteres y ropa de abrigo, porque estamos en noviembre y la región central de Michoacán es un altiplano situado a más de mil 600 metros sobre el nivel del mar.

Los pescadores del lago montañoso navegan en sus piraguas presentando un ballet con sus redes en forma de mariposa, implementos fotogénicos que ya no usan en la vida real. En lo alto de la colina de Janitzio, unos niños con máscara de madera y con sarape interpretan la Danza de los Viejitos, golpeando el estrado con un bastón y sobándose la espalda, supuestamente dolorida.



Para impedir desmanes, en la noche del Día de los Difuntos no se vende en Janitzio ni siquiera cerveza.

La visita a casas particulares -y éstas son ciertamente casas muy humildes- es un nuevo truco del que no están enterados muchos viajeros.

Los planes son organizados por hoteles, por operadores turísticos e incluso por la oficina estatal de turismo de Morelia. Esas excursiones organizadas son preferibles a meterse a la brava en un panteón, cámara y flash en mano.

Tzintzuntzan, sede de los monarcas tarascos y que hoy es un pueblo fantasma la mayor parte del año, vuelve a la vida la noche en que regresan los fantasmas: las calles están llenas de puestos en los que los vendedores ofrecen artesanías. En la ciudad de Pátzcuaro, la plaza bordeada por cafés al aire libre se convierte en un extenso mercado de pulgas por el que deambulan tanto excursionistas suizos, con su mochila al hombro, como damas de Ohio de cabello blanco azulado con aspecto de matronas.

Una nube de chamacos revolotean como mosquitos jalando de las faldas y de los pantalones a los turistas para restregarles esas inesperadas linternas de calabaza hueca que, por lo menos, están talladas en calabazas naturales y no son imitaciones en plástico.

Esta es la temporada en que grupos de actores de teatro presentan tradicionalmente el Don Juan Tenorio, bella obra publicada en 1844 por el español José Zorrilla. Como ustedes recordarán, don Juan, malvado pero además temerario, burla a doña Inés, mata en un duelo al Comendador de Sevilla, padre de doña Inés, y luego, en el panteón, desafía a la estatua de su víctima a que vaya a comer con él. La estatua, en forma de fantasma, acude a la invitación. A veces, por lo visto, hay que tener cuidado con esos fantasmas hambrientos.